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Cuadernos de feria (II): La errante

11 de septiembre de 2004: Navalagamella.

A esta feria íbamos en plan cutre, porque como íbamos a estar al aire libre… Nos llevamos una sombrilla, de color amarillo canario, que pesaba más que un mal matrimonio. Y hala, sombrilla pacá, sombrilla pallá. Lo gracioso de esto es que al final terminas con un puestecillo interactivo porque, como a las florecillas no les debe dar el sol, tienes que ir moviéndote a la par que él, y resulta de lo más ameno. Así no te aburres de estar todo el rato en el mismo sitio.

Isabel Romero no hacía más que decirnos que qué maravilla y que qué organizadito que lo teníamos todo, con el caos que ella suele tener de abanicos, todos sin soporte, y los pañuelos que se le volaban, sin cartel ni nada. Y rebuscando por la maleta a ver si tenía papel por si acaso, y rezando para que no le pidieran nada para regalo. Siempre le ha hecho gracia que nosotras tuviéramos cartelitos para todo, con florecitas, con los precios y con nuestro logotipo.

Qué recuerdos de Julia, la pintora, que se le escapaban todos los cuadros volando por la plaza... ¡Menudo trajín! Se pasó toda la mañana para colocar el puestecillo (este sí que era interactivo y multimedia, vamos). Según colocaba de un lado, se volaba todo por el otro, y así se le pasó toda la mañana. Menos mal que no vendió nada, porque si encima tiene que ponerse a envolver algo así sobre la marcha, apaga y vámonos, ¡juas juas!

¿Y los tontos que decían que de allí no se movían o que si desmontaban el tenderete era para irse directamente a su casa? Porque lo de "Plaza del Ayuntamiento" sonaba muy bien, pero aquello era el desierto del pueblo. Y qué calor hacía en esa plaza... Al final acabamos cambiándonos de sitio. El único que se negó fue Javier, el ceramista de Robledo, que cuando los demás nos cambiamos, dijo que se iba a su casa.

Tuvimos que poner una de nuestras rejas atada a un árbol para que no se venciera, y de la reja a otro árbol un sedal con los pañuelos de Isabel colgados, que se volaban cada dos por tres. Total, tanto trajín para nada porque al final vendimos poquísimo. Pero sí que al final conseguimos dar salida, entre otras cosas, a una caja con compartimentos que era ya veterana casi.

Por cierto, fue en esta segunda parte de la feria, ya un poco más acoplados y “arrejuntados”, cuando Isabel sacó su bastidor y se puso a pintar, y nos dimos cuenta de que tenía esa idea genial de ponerse un calcetín en la muñeca para limpiar y secar los pinceles, mientras trabajaba. Y Estrella siempre con la manga del jersey, o con un trapillo en la rodilla. Una idea para patentar, oiga.

Esta feria fue tan desastrosa que no tenemos ni fotos. Qué dura es a veces la vida del artesano...

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